Mis 10 series imprescindibles del 2017 (y III)

Última parte de esta serie de artículos (aquí I y II) que me ha servido como excusa para hablar de algunas de las ficciones que más me han conmovido este 2017 que termina.

Solo faltan por descubrir los dos primeros puestos en los que conviven dos obras muy personales y muy especiales para mí. He hecho lo que he sabido para hacerles un poquito de justicia…

Y evidentemente entro en detalles en algún que otro momento, así que spoiler alert.

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LA ÚLTIMA OBRA MAESTRA DE HBO: The Leftovers

The Leftovers ha sido una serie con una de las evoluciones más extrañas que he visto nunca en la pequeña pantalla, mi historia con ella es además un poco complicada. La empecé en su día cuando se estrenó empujado por la curiosidad de ser el nuevo trabajo televisivo de Damon Lindelof y como buen lostie sabía que debía darle una oportunidad.

Hubo todo un fenómeno alrededor de su estreno y la crítica estuvo muy polarizada, víctima de ello o no lo cierto es que abandoné la serie a los pocos episodios y aún con el recuerdo de productos como Flashforward y Under the Dome (no me preguntéis por qué las menciono por favor) en la memoria, no estaba dispuesto a perder tiempo con algo que consideré en aquel momento un poco tomadura de pelo. Esa mezcla de malas experiencias televisivas recientes y mis propias expectativas casi hacen que me pierda una de las mejores cosas que le ha pasado a la televisión americana en años. Por fortuna, unos meses más tarde enmendé mi error.

Como digo el recorrido de The Leftovers es complicado, de hecho los primeros episodios no son fáciles y uno necesita un poco de paciencia y sobre todo una mentalidad bien abierta para dejarse arrastrar por la magia de la serie, no se tarda en comprobar que lo que está ocurriendo en ella es especial y que sus personajes lo son todavía más. Y que su forma de actuar responde a algo que va a pedir paciencia (casi infinita) al espectador puesto que lo que les pasa no es menos que extraordinario.

Y extraordinaria es la palabra que lo podría resumir todo si no fuese porqué, irónicamente, ha sido una de las ficciones que más ha tenido los pies en el suelo en cuanto a hablar del ser humano y de sus eternas contradicciones. Probablemente ha sido la serie más exigente emocionalmente hablando y además ha ido elevando su tono y su nivel de exigencia a medida que avanzaba la historia, al mismo tiempo que se ha reinventado y ha aparecido como un producto totalmente diferente del anterior a cada temporada.

Porque en perspectiva podemos reconocer la serie al completo, pero la realidad es que cada año hemos renacido como espectadores, ya que pese a mantener los personajes principales, el lugar siempre ha cambiado; de manera evidente en el plano físico (primero Mapleton, después Jarden y finalmente… Australia) pero también en el espiritual. No son los mismos personajes los que se mueven histérica y patosamente en Mapleton que los que se encuentran de algún modo aliviados aunque todavía confusos en Jarden a los que finalmente aceptan su condición en Australia.

The Leftovers también ha sido su partitura, la música de Max Richter en la serie ha hecho lo que Michael Giacchino hizo por Lost o Angelo Badalamenti por Twin Peaks, ha sido un personaje más y ha confeccionado el tono del producto dándole una entidad y personalidad propias.

¿Qué sería de esas conversaciones desgarradoras o de esos monólogos desoladores sin la melodía de piano de Max Richter, que te reduce a lo insignificante igual que a sus personajes? La música es esencial en la vida real así como en la ficción.

The Leftovers lo ha hecho prácticamente todo bien, ha destruido lo más fantástico y sobrenatural para quedarse con lo más real y tangible que existe: las personas. Ha ido más allá de lo que nunca se atrevió a ir Lost, en buena parte porque ha sido un producto diferente y no será aquí dónde cuestionemos su valor e importancia, pero al mismo tiempo la comparación se me antojaba inevitable al tratarse de otro trabajo muy personal de un creador (Damon Lindelof) que siempre ha arriesgado.

Y es que no es fácil partir de una premisa tan alocada como es a priori la desaparición inmediata del 2% de la población mundial sin explicación alguna detrás y que la serie se acabe convirtiendo casi en su totalidad en un tratado sobre la condición humana, sobre lo cobardes que somos, sobre el valor del perdón, sobre el egoísmo, el amor y la pérdida, la fe y la religión, la familia y la enfermedad …y decenas de cuestiones más que han sobrevolado a sus personajes durante todo este tiempo.

En definitiva la serie que mejor ha hablado de lo que hemos sido, somos y siempre seremos. Y de lo fácil que nos resulta lamentar nuestra existencia y aferrarnos a nuestra inherente tristeza.

Six Feet Under nos ayudó a aprender a morir y The Leftovers nos ha ayudado a aprender a vivir.

Una de las cosas que más recuerdo comentar con amigos y conocidos durante la emisión de la tercera temporada de Twin Peaks fue su estructura, recuerdo extrañarme del hecho de que algunas tramas y personajes se dejasen aparcadas durante varios episodios (es decir, durante varias semanas) para luego ser retomadas y liquidadas (algunas de forma literal) en cuestión de minutos. Eso es algo inusual en la mayoría de ficciones serializadas que conozco, dado que la costumbre es recuperar cada semana todos los conflictos para recordar continuamente al espectador lo que está sucediendo, y Lynch en cambio no parecía tener esa preocupación en la cabeza cuando estaba escribiendo el guión. De hecho Lynch parecía no tener casi ninguna de las preocupaciones que tienen la mayoría de creadoras y creadores cuando escriben sus productos.

Esa es seguramente una de las características por las que se me hace difícil leer Twin Peaks The Return como una ficción televisiva tradicional. Y para decir que la obra de David Lynch podría estar más cerca del cine tal y como lo entendemos que de una serie de televisión, no hace falta argumentar una gran calidad del producto o aludir al hecho de que provenga de un autor como él, pues hay otros autores que trabajan en el mundo del cine y luego lo han hecho para televisión y no han causado este debate sobre si su producto era una película o no. Y también hay series sobresalientes conocidas y reconocidas por público y crítica que jamás han cuestionado su pertenencia al medio televisivo. Siempre han sido series.

Así que Lynch debe haber hecho algo diferente, ¿no?

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Es verdad que Twin Peaks fue una serie de televisión que nació en los 90 como tal, pero creo que la mayoría de seguidores de la obra de Lynch y gente aficionada al medio audiovisual en general, hemos visto con este regreso que se trataba de algo más —insisto, dejemos los elogios hiperbólicos a parte— por el simple hecho de cómo se ha presentado el producto. Y creo que es esencial comprender esto para entender que lo que ha ofrecido Lynch, haya gustado más o menos en términos de entusiasmo, es algo que no puede ser visto como una ficción televisiva corriente.

Narrativamente ha sido extraña en el trato que se le ha dado a algunas escenas; por ejemplo sus prolongados silencios y pausas, ese sentido del humor tan tangible, retorcido y a veces casi irritante, la en ocasiones ausencia del componente dramático tal y como lo conocemos… hasta ese salto al vacío en todos los aspectos que alcanzó su máxima indefinición en el famoso capítulo 8 (¿se había visto algo similar antes?) uno no puede categorizar la obra dentro de los parámetros de siempre.

Lynch por ejemplo siempre ha puesto especial atención al sonido en sus trabajos, y es una característica fundamental a la hora de diferenciarse de otros autores, pues podemos afirmar que algunas de las secuencias más inquietantes del cine de los últimos años las encontramos dentro de su obra. 

De hecho el director de Mulholland Drive ha manifestado en alguna entrevista, hablando de Twin Peaks (1990), que él y su equipo trabajaban muchísimo el aspecto sonoro y visual, siendo conscientes que el espectador televisivo no lo iba a apreciar en su plenitud desde su casa y en un pequeño receptor doméstico. Y menos en la década de los 90.

Así que se podría decir que siempre ha planteado su trabajo en Twin Peaks desde una óptica más cercana al cine que a la televisión, una obra para ser exhibida, de ser posible, en la pantalla más grande y con el mejor equipo de sonido. Al fin y al cabo para Lynch la experiencia artística plena se produce cuando se apagan las luces y se despliegan las cortinas.

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Lynch ha llevado al paroxismo todas las ideas que sembró en aquella Twin Peaks hace ya más de veinticinco años, al igual que lo hizo en sus últimos largometrajes a principios de la década pasada finalizando en ese testamento inequívoco que fue Inland Empire (2006).

No se trata de que por ser diferente sea mejor, insisto en que no es una cuestión de “es muy buena y por eso es cine” ni otros comentarios similares que he podido leer y que me parecen muy frívolos y además de debates ya superados. Sino de que la obra se ha esforzado en dinamitar la narrativa tradicional ya desde sus inicios y no ha dejado de hacerlo hasta el final (¡y qué final!) sin ninguna renuncia ni ningún miedo por parte de su autor o de la cadena que lo emitía (un hurra enorme por Showtime y esa libertad absoluta) a perder a su público.

Es evidente que Twin Peaks The Return me ha apasionado y que cuando os escribo estas líneas no pretendo hacerlo desde ninguna distancia, ni objetividad, ni categoría moral de ninguna clase pues soy un espectador más. Pero lo cierto es que este regreso lo viví muy intensamente no solo a nivel emocional si no de análisis y reflexión, es por ello que si quería tratar de arrojar un poco de luz en los motivos que me hacen pensar que esta Twin Peaks es un bofetón (cariñoso) a toda una oferta televisiva que se está emitiendo en este momento, un bofetón que quizá pueda despertar otras inquietudes y nuevas formas de enfocar el medio televisivo.

Porque no es que algunos medios de cine como Sight & Sound o Cahiers du cinéma hayan decidido incluirla como una de sus películas favoritas del 2017 como sí de toda una discusión que puede generar en el mundo audiovisual y que me parece sana y necesaria.

Este regreso ha estado cargado de detalles, serían decenas los aspectos que se podrían destacar tanto de la trayectoria de la serie de inicio a fin como de lo que ha significado a un nivel más extra audiovisual con el movimiento que ha generado en redes sociales y en foros. Algo que no se veía con tanto fervor desde el fenómeno Lost. Aunque el de Lynch, quizá por razones de la propia naturaleza de la serie, haya sido muy diferente. 

Y es que si el análisis de cada parte —imprescindibles reviews de mi compañera y amiga Irene que me acompañaron durante todo el visionado— ya generaba muchísimo debate entre la audiencia debido a la enorme cantidad de guiños que había y la intriga por las claves que nos desvelarían (o no) en la siguiente hora de televisión, no fue menos su final. Y ya sea por condición propia del producto, contexto, etc. me parece uno de los más importantes de los últimos años.

Personalmente pienso que en la resolución final de Twin Peaks y en cómo fue llevada a cabo —incluyo tanto el elogiado y aprobado por el público episodio 17 como el polémico y definitivo cierre del 18— están las grandes claves de la obra de Lynch, aquella que ha recorrido en buena parte en el cine pero que también empezó en la pequeña pantalla hace más de veinticinco años. Si durante las 15 primeras horas ya transita la sombra de casi toda su ilustre filmografía, no es menos lo que se necesita para comprender la jugada maestra de Lynch con ese final.

No maquillaré aquí el desconcierto (¿alguien esperaba otra cosa?) de ese grito final de Laura Palmer —que también fue el de millones de espectadores tras la pantalla— del mismo modo que tampoco lo haré con la fascinación que eso mismo me produjo y la sensación de dicha y felicidad que sentí, primero inmediata pero después satisfactoriamente prolongada, de lo que había presenciado durante meses.

Y es que Laura Palmer ese ser de luz y su importancia fundamental en la historia nunca han tenido mayor reivindicación (quizá un poco en la infravalorada pero imprescindible Fire Walk With Meque durante este regreso, porque Twin Peaks siempre ha sido la historia de Laura tal y cómo confiesa Lynch en este pequeño fragmento.

También Dougie fue otro de los pilares que han hecho este regreso tan especial, quién habría podido pronosticar que llegaría a ser alguien tan o más querido que el infalible y carismático Agente Cooper y que nos pasaríamos más de la mitad del viaje en su torpe y tierna compañía. O también las hipnóticas, míticas e inolvidables actuaciones en el Roadhouse. 

Son infinitos los detalles que han hecho de esta Twin Peaks una experiencia audiovisual única. Podríamos mencionar también las apariciones de tantas caras conocidas de la obra clásica original y del universo cinematográfico de su autor; ya sea para poner rostro finalmente al mito de Diane, recuperar al puro y bondadoso Andy y darle un papel esencial en la historia, poner nombre al Gigante o que nos estallase la cabeza con The evolution of the arm.

Porque la mitología en Twin Peaks es inabarcable —y debe seguir siéndolo— ya que ésta no es más que la expresión de lo que hay en la cabeza de su autor y queremos que siga siendo un bello y estimulante enigma. Aunque por supuesto es y debe ser posible disfrutar de Twin Peaks tratando de despedazar y comprender sus símbolos y secretos, de volverse loco con ella si hace falta porque es parte del juego, es parte del mito.

Al poco tiempo de terminar la serie escribí algo en mi muro de Facebook y siempre pensé que expresaba bastante bien lo que había sentido con ella, permitid que lo recupere.

Qué putada tratar de poner en palabras lo que ha significado Twin Peaks.

Decía el cineasta Jean Renoir que la obra de arte total lo es cuando interactua con el espectador, cuando le interpela, y si Lynch no ha hecho esto con Twin Peaks es que no hemos entendido nada.

Pero lo hemos entendido, Lynch ha sido capaz de trasladar todo su universo personal y artístico (¿se puede separar?) a una obra que hace 25 años apareció para cuestionar la narración televisiva y que ahora, habiéndose hecho mayor, lo ha seguido haciendo.

Es imbatible, es la mejor. Las etiquetas se caen porque no es la mejor serie de televisión ni tampoco la mejor película. Y qué más da.

Es un producto con entidad propia que me ha marcado y obsesionado como ningún otro, porque no es únicamente lo que te cuentan sino cómo lo que cuentan se mete dentro de uno y le obsesiona y conmueve a partes iguales.  

Si esa no es la finalidad última del arte, ¿cuál es?

Puede que esto suene todo demasiado poético y enfático y contraste con el texto que he intentado hacer, pero me parecía igualmente necesario expresarlo así puesto que si el arte —sea en la forma que sea— no nos conmueve ni nos emociona, ¿para qué lo queremos? Es evidente que todos y cada uno de nosotros tenemos ficciones favoritas que nos sobrepasan y en las que cualquier análisis o argumento cercano a lo “objetivo” nos suena superfluo e insuficiente, porque lo que nos hace sentir es difícilmente trasladable en palabras.

Supongo que Twin Peaks es una de esas obras. 

Gracias David Lynch por romper nuevamente los muros entre realidad, sueño y ficción. Y como dijo alguien a quien admiro: Que esto no se apague nunca.

Y sobre todo… ¡gracias a ti por leer!

“Meanwhile…”

 

         

 

  

 

 

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