Clásica reflexión

A raíz de algunas discusiones sobre cine clásico que han vuelto a arraigar en las redes sociales —son debates que aparecen frecuentemente— he sentido la necesidad de dar un poco mi visión, porque es un tema que me interesa y del que me apetece repensar algunas cuestiones. Y como siempre, sin ánimo de pontificar, únicamente de tener la oportunidad de explicarme un poco mejor que lo que permiten los 140 caracteres de Twitter o la escasa visibilidad que ofrece una plataforma como Facebook.

En definitiva, me siento mucho más cómodo escribiendo aquí.

Una de las cosas que me llaman siempre la atención es que cuando se cuestiona de algún modo la importancia y/o trascendencia del llamado cine clásico y la edad dorada de Hollywood, en determinados círculos y por parte de algunas personas (no generalizaré jamás), se tiende a ver cómo un ataque. Y una reacción muy frecuente es la de asumir que aquella persona que lo está cuestionando no ha visto el suficiente cine como para que su opinión sea considerada igual o tiene algún tipo de carencia o desconocimiento que la convierte directamente en un intrépido ignorante.

Evidentemente esto no es un argumento a favor o en contra del debate, solo una primera reflexión que me sirve para reforzar mi idea de que muchas de las discusiones que surgen en las redes sociales me parecen muy estériles. Porque entra y sale gente constantemente, porque cada uno lee, responde y omite lo que le interesa y al final todos los argumentos y puntos de vista que se puedan plantear quedan fácilmente reducidos a muy poco.

No es un lugar cómodo para un servidor, y por eso prefiero por mucho un espacio como este si realmente el tema de discusión me es relevante.

Para mí el cine clásico es y sobre todo ha sido muy importante, yo siempre diré que empecé a «ver cine en serio» y a interesarme de verdad por este arte gracias a él. Todavía recuerdo cuando una amiga me recomendó películas como El apartamento, Matar a un ruiseñor o Días de vino y rosas por nombrar varias. Son algunos de los muchos títulos que permanecen en mi memoria cinéfila como introducción a este gran arte, al entretenimiento pero también a algo más, a la narración de historias extraordinarias y conmovedoras así como a los personajes memorables. Sí, las nombradas son cintas absolutamente conocidas y que de hecho no se enmarcan estrictamente en esa etapa clásica de Hollywood sino que son algo posteriores, pero me sirvieron para eso mismo; para que me picara el gusanillo de ver más y acabase descubriendo —como lógicamente hice— muchísimo cine.

Para que echase la vista atrás a la historia del mismo.

Pero en realidad para mí el debate o discusión no se centra tanto en títulos y/o directores concretos, no se trata de que ya no se hagan películas como las de antes o de que una determinada cinta de los 50 sea mucho mejor que una del año pasado. O que en la década de los 40 de Hollywood haya más obras maestras que en la década de los 2000.

Todas estas frases —o variaciones similares— se pueden escuchar a día de hoy y para mí todas caen en el vacío, no dicen nada. Diría que hasta perjudican la imagen del cine, que en realidad es algo mucho más complejo y extenso que esas frívolas comparativas y cifras. Puede estar muy bien para jugar un rato o para evidenciar el amor que siente uno por una etapa, pero al final no es una prueba de nada.

Se trata del concepto de “Cine Clásico de Hollywood”, de ponerlo en perspectiva, de contextualizar, de entender que llevamos unos escasos 120 años de Historia del Cine y que asociar de algún modo esta etapa a alguna clase de manifestación máxima del mismo me parece un error. Solo hay que comparar la trayectoria del cine con la de otras expresiones artísticas del género humano mucho más longevas. Y entiendo también que este debate va un poco asociado a la vez a esa eterna dicotomía del cine como mero entretenimiento y/o espectáculo o el cine como algo más. Pero —como dirían en Irma la dulce esa es otra historia.

Al final el Cine Clásico de Hollywood responde a un mecanismo proveniente de unos estudios, por lo tanto responde también a una forma de hacer cine concreta, a una visión. Una forma que ofreció, evidentemente, grandísimas películas y talentísimos directores, creo que eso es algo de lo que nadie duda. Pero que también tuvo sus barreras, y es que resulta bobo tener que decirlo otra vez pero el cine evoluciona constantemente. Uno puede optar por quedarse a vivir en ciertas épocas, por mantener su mente y corazón en hermosos tiempos pasados y vivir en el mito, es absolutamente lítico. Pero la historia corre, la humanidad avanza y conforme lo hace también lo hacen sus inquietudes y su forma de ver el mundo. Ni que hablar del flujo constante y renovación que sufre el lenguaje audiovisual.

Y del mismo modo que respetamos esta visión del pasado de este arte, también deberíamos aceptar a los que prefieren mirar a un horizonte con la emoción de saber lo que depara el futuro —y también presente— de esta criatura llamada Cine.

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