Las películas de mi vida (I)

He decidido dedicar unas palabras a aquellas películas que hasta fecha de hoy han marcado mi vida. Sin intención de que esto suene demasiado grandilocuente, sencillamente se trata de una excusa para hablar sobre aquellas obras que trascienden un poco la esencia de lo puramente cinematográfico para convertirse en algo más; en un pequeño regalo que se nos hace y que acaban formando parte de uno y marcando de un modo tan importante como lo hacen algunas personas.

Siempre he buscado en el cine, entre muchísimas otras cosas, una excusa para entenderme mejor a mí mismo. Sé que esto suena tópico y probablemente lo sea pero es que yo siempre lo he vivido todo de una forma excesivamente apasionada y extrema y eso a veces ha sido muy positivo y otras más negativo.

Con el cine soy también así de apasionado y por eso siempre diré que a lo mejor yo no sé de cine como algunos pero sí que he visto mucho y es una de las cosas que más amo en esta vida, con locura. Cuando estoy muchos días sin ver una película me siento mal, siento que necesito algo. Tampoco me considero un cinéfago que ve por ver, pero sí que entiendo el cine como un balance en mi vida, como una constante que hace que me mantenga a flote.

Dicho esto, decir que no seguiré ningún orden especial a la hora de hablar de las películas, voy a optar por lo cronológico y de más reciente a más antigua. Todas son importantes de un modo u otro, en ocasiones su valor es más enteramente cinematográfico pero casi siempre pesa la mirada personal.

Aprovecho para recordar, antes de entrar en materia, que aquí no habrá ningún análisis cinematográfico, eso lo podéis buscar en otros sitios.

La gran belleza, 2013 (Paolo Sorrentino)

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In fondo, è solo un trucco.

Cuando salí del cine después de ver La gran belleza me sentía abrumado y solo quería volver a entrar a la sala otra vez. Recuerdo ese primer visionado con mucho cariño, por motivos personales, y ya desde los primeros minutos después de verla sabía que esa película estaba destinada a mí y a mis circunstancias. Lo curioso es que ha pasado el tiempo y, por ahora, sigue siendo una película que me define muy bien. Supongo que define a mucha gente, y a muchas cosas.

Cada vez que vuelvo a ella encuentro algo nuevo, y como ya sabemos esto solo ocurre con las obras verdaderamente grandes y universales. Jep somos un poco todos y la Roma que vemos en la película es también un entorno que podemos reconocer a diario en esta época que nos ha tocado vivir.

Para mí La gran belleza es un retrato tremendamente lúcido sobre la búsqueda de la felicidad y/o la autorrealización personal en un mundo hostil, falso y superficial. Es acerca de encontrar un refugio en los recuerdos del pasado, a veces tan dolorosos pero al mismo tiempo tan extrañamente confortables. Y es que en el fondo somos adictos a la tristeza y a la melancolía. Somos humanos.

Es también acerca de la felicidad como algo etéreo que solo se captura por instantes, y es que la vida en el fondo está construida sobre artificios y todo resulta una gran farsa. La única forma de sobrevivir es no tomársela demasiado en serio y sobre todo nunca perder esa sonrisa con la esperanza de que algún día nos reencontremos finalmente con esa gran belleza de la vida, con ese instante que nos hizo plenamente felices y que jamás volverá.

Es por estos motivos que siempre encuentro consuelo en ella, a parte de un espectáculo estético embriagador y en definitiva una gran burla y mirada irónica a lo complicado que resulta en ocasiones vivir. O sobrevivir.

El caballo de Turín, 2011 (Béla Tarr)

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It’s been going on like this for centuries. On, on and on.       

No sé por qué da tanto respeto a algunos una obra que es tan universal y que además tiene muy poco de intelectual en el sentido en que muchos señalan de forma peyorativa a algunas películas. Béla Tarr se despidió del cine con una propuesta radical sí, pero en absoluto críptica. A mí siempre me ha parecido que El caballo de Turín define muy bien lo que puede llegar a ser la vida. En un contexto rural y despojando la historia de casi todo salvo los elementos más esenciales, se nos habla de lo rutinario que puede llegar a ser todo en el fondo, de que las variaciones de nuestro día a día, pese a que queramos verlo de otra forma, son mínimas. Y que nos pasamos mucho tiempo llevando a cabo acciones muy similares y creemos que eso es vivir cuando no lo es realmente.

Pero lo que también me apasiona de El caballo de Turín es que la mirada de la película se puede extrapolar a algo más genérico y no tan personal. Porque, ¿no es cierto que la historia se repite siempre? Los mismos conflictos a nuestro alrededor, las mismas crisis, los mismos reproches y discusiones. Lo mismos pensamientos. Incluso las mismas aspiraciones de las personas que uno tiene a su alrededor, al menos de un inmenso grueso de ellas. La identidad perdida, la repetición, el absurdo de existir.

La película representa todo esto, ese eterno retorno que al final acaba derivando la idea de vivir en un absurdo. Sí, El caballo de Turín me parece una película tremendamente pesimista pero no exenta de un discurso tan contundente como certero.

30 planos asombrosos de un blanco y negro descorazonador que definen el lastre de la existencia y culminan una carrera de un cineasta que ha conseguido plasmar la dimensión del tiempo como nadie en el cine.

Inland Empire, 2006 (David Lynch)

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This is a story that happened yesterday. But I know it’s tomorrow.

¿Qué demonios decir de esta película? Hablar de David Lynch me produce siempre un profundo respeto, es uno de mis tres cineastas favoritos de todos los tiempos y como he intentado expresar más de una vez, para mí define muy bien la idea de hacia donde debe dirigirse el cine. Creo que este sería un buen resumen de lo que pienso de Inland Empire, y siento si suena muy altilocuente todo.

La primera vez que la vi no quedé totalmente hechizado pero sabía que había visto algo grande e inabarcable, sabía que tenía que explorar más lo que acababa de visionar y sabía que quería perderme en su laberíntico universo sin reglas aparentes.

Lynch culmina con Inland Empire lo que había estado llevando a cabo anteriormente en Carretera perdida y Mulholland Drive (ambas también sobresalientes). Es la película más valiente y libre que he visto jamás y solo por eso la recuerdo y la siento con una emoción como la que nunca he sentido delante de una pantalla.

«Definirse es limitarse» dice esa frase tan conocida. Es una buena forma de expresar lo que ocurre con el cine de David Lynch, no se puede definir ni encasillar. En general, clasificar es una tendencia muy odiosa y a menudo perjudicial en esto del arte pero en el caso de Lynch resulta especialmente grave hacerlo.

Conseguir dejarse llevar totalmente ante una película es un ejercicio complicado aunque no lo parezca, el sentido analítico y racional siempre están alerta y al fin y al cabo el arte se puede y debe analizar, pero por otro lado no hay sensación más pura que la de la abstracción total, la de entrar en otro mundo, la de olvidar que se está viendo una película como tal ni que sea por un instante.

Inland Empire me emociona porque no hay nada que se le parezca, porque es la culminación de toda una carrera de un cineasta con una mente única, indescifrable, aterradora y a la vez muy atractiva.

Es un salto al vacío, un viaje al fin del cine (de momento) y no hay nada más bello que esto.

To be continued…

 

 

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